lunes, 13 de julio de 2009

De toros, niños y trenes y bicicletas

Hace tiempo que andaba buscando un viejo texto, lo había titulado “De niñas, niños, toros y trenes”, se había traspapelado. Hoy lo he encontrado, y después de releerlo, pienso que es muy posible que esta tardía afición a escribir que últimamente tengo, haya nacido a partir de redactar el mencionado texto.
En el ser humano existe la necesidad de contar hechos que nos afectan, para que los demás participen en nuestros sentimientos, también cuando queremos que algo cambie, de alertar de un hecho para que no se repita. También se puede emplear la escritura como arma, como herramienta de denuncia, como deseo de tener justicia… y querer cambiar con las palabras; los errores que se cometen. Transcribo el texto, que en su día, traté de que fuera publicado en algún medio local, con poco éxito:

El sábado ocho de febrero de 1992, a las cinco de la tarde, en un espléndido día soleado, de esos pocos que nos brinda el invierno, seis niños de Fontanar, la localidad en donde vivo, mis dos hijas y yo; decidimos ir de excursión en bicicleta, desde el pueblo, hasta la ermita de Yunquera de Henares, por el camino que sale junto al cementerio. Así, cruzamos la vía férrea Madrid-Barcelona y cogimos la carretera sin tráfico, sólo de uso agropecuario, que existe desde cerca del desvío de Tórtola y que se pierde cerca de la ermita de Yunquera.
Íbamos felices, cantando, contemplando el hermoso paisaje de la vega del Henares, atravesando campos marrones oscuros, de tierra recién labrada; mirando las alturas de los acantilados de la rivera derecha del Henares, donde comienza la Alcarria.
De pronto, un niño avisó: ¡Que viene un toro! Nos quedamos atónitos, por mitad de la carretera, teniendo como fondo una caravana de coches que hacían sonar sus bocinas, venía un toro, gigante, negro; parecido a los de toros planos que descubríamos en los viajes en familia, cuando circulábamos por las carreteras nacionales.
¡Pero este se movía! Se movía hacia nosotros, y no estábamos dentro de un coche que nos protegiera, ni teníamos dónde refugiarnos ni a dónde huir. Grité a los niños que regresaran. Reaccionaron lentamente, sin creerse lo que veían. La más pequeña de mis hijas, la de cinco años, venía conmigo detrás, en la sillita sobre el trasportín, la cogí en brazos, tiré la bicicleta y comencé a retroceder corriendo. El toro nos vio, aceleró el paso, comenzó a galopar hacia nosotros que, impotentes, veíamos como iba creciendo hasta sentirlo encima. No sé por qué corrí hacia la izquierda, el toro detrás, caí con la niña en brazos en la cuneta lateral de la carretera. Creo que el desnivel me ayudo, sus pitones pasaron a unos veinte centímetros de mi costado. Todo ocurrió en un segundo, aunque recuerdo las imágenes como interminables.
Después el animal regresó a la carretera, siguiendo hacia Fontanar. Uno de los coches que venía detrás, en procesión, azuzando, paró, subí a mi hija pequeña y rogué al conductor que llevara a la niña a mi casa, que ella se lo indicaría. Después corrí detrás de la res, que seguía persiguiendo a los demás niños, los pobres pedaleaban asustados como locos hacia Fontanar, por el mismo camino que habíamos venido. La caravana de coches irracionalmente seguía tras el astado, y el animal se veía obligado a continuar en la misma dirección, detrás de los niños. Vi como mi hija mayor, de siete años, iba quedándose atrás del grupo de chavales, era la que llevaba la bici más pequeña y tenía puesto un chándal rojo. Al llegar al cruce con la vía del tren, la niña cayó de la bicicleta al trabársele la rueda entre las vigas de madera y los rieles (este cruce no tiene ni barreras ni señalizaciones). Desde donde estaba, a unos trecientos metros, vi como se acercaba un Talgo, momentos después arrastraba una nube de polvo y se detenía a unos trecientos metros pasado el cruce. Corrí hacia la vía. Un muchacho de unos dieciocho años, que también perseguía al toro con su moto, vino hacia mí, se paró y me dijo precipitadamente que el tren había arrollado al toro y a una niña de rojo. Corrí, la cabeza me daba vueltas. Un instante después, un conductor de un coche que iba en cabeza me dijo que a la niña no le había pasado nada, que me tranquilizara. Sólo recuerdo que la niña bajó del vehículo y se arrojó sobre mis brazos, angustiada y nerviosa como nunca la había visto. Después se acercó otro muchacho en moto y me contó que el animal se había quedado atrapado en los rieles y que había sido él el que había sacado a la niña de la vía en el último instante. Me trajeron los restos de la bicicleta que había sido arrollada por el tren. Con mi hija en brazos me fui a casa.
Luego nos enteramos que el toro, había sido una vaca brava de un grupo escapado por la zona. De una nueva ganadería que había adquirido reses bravas y que al descargarlas, se les escapó.
Más tarde me contaron que el muchacho de la moto que saco de la vía a mi hija había contado a sus padres que no había visto venir al tren, que quizás, si lo hubiera visto, no sabría si su hubiera atrevido a sacar a la niña de la vía.
Cuento todo esto para denunciar lo que ocurre todavía en nuestra provincia y en nuestro país. Nadie se responsabilizará de lo ocurrido, y todos los papeles estarán en regla. Mientras tanto seguiremos pendientes de los grandes acontecimientos del año 1992.
Jesús María Rocha Torres
(Guadalajara)

A fecha de hoy, han pasado diecisiete años, todavía no he podido olvidar el susto. El cruce entre el camino y la vía sigue sin barreras, auque han instalado un semáforo. Las ganaderas están en auge por la zona del Henares. Las denuncias fueron sobreseídas, nadie se responsabilizó de nada, ni siquiera pagaron la bicicleta. Han cambado muchas cosas, mis hijos ya son adultos. La tecnología no ha dejado de sorprendernos y evolucionar; se empieza a reconocer a la bici como vehículo útil para transportarnos en las ciudades; pero los instintos, las costumbres y aficiones de los seres humanos, cuando nos sentimos masa, sigue casi iguales. Pongo como ejemplo la maratoniana corrida celebrada en Barcelona con gran aforo de público, para revindicar la llamada “fiestas nacional” en Cataluña. Y vemos que la legislación que regula estos actos taurinos, no ha cambiado nada. Creo que en lo más profundo de nuestro cerebro, debemos tener cincelados instintos agresivos primarios de supervivencia animal, muy difíciles de modificar, de muy lento avance en su adaptación. Estos reflejos pendencieros nos siguen condicionando, mermando nuestra evolución, a pesar de nuestra inteligencia.

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